La velocidad de adaptación, que antes era una ventaja competitiva, es hoy imprescindible para seguir jugando la partida. Y en este escenario hiperacelerado, especialmente después de la pandemia, China ha impuesto el ritmo. El país asiático ya no es aquella “fábrica barata” que durante décadas ha abastecido a Occidente, sino un ecosistema tecnológico flexible y ambiciosamente orientado a conquistar valor en toda la cadena global. Mientras Europa aún debate cómo recuperar su autonomía industrial y digital, China ejecuta. Y lo hace con una combinación que aquí sería impensable: visión estratégica a largo plazo, apoyo institucional agresivo y una rapidez operativa que a menudo deja a las empresas extranjeras descolocadas. Ya no es una cuestión de costes, es una cuestión de velocidad.
La hiperconectividad del país es el motor de esta velocidad. La población vive prácticamente integrada digitalmente, y esto facilita modelos de negocio basados en datos, servicios e integración tecnológica. Muchos sectores industriales ya han dado el salto a la servitización: un simple código QR en una puerta o una máquina industrial permite gestionar mantenimiento, servicio técnico y relación con el cliente en tiempo real. La política de “doble circulación” Made in China 2025 del Plan Quinquenal vigente, con un estímulo a la demanda doméstica a través de un impulso de la oferta, no ha dado los resultados deseados. Esto ha creado una sobrecapacidad industrial impresionante, con jornadas de 10-11 horas diarias, seis días a la semana, unas 252 horas mensuales. Sobre el papel la normativa laboral es homologable a la occidental, pero la realidad es otra. Las vacaciones prácticamente no existen más allá de la parada del Año Nuevo Chino.
Ante ello, la respuesta política no ha sido reducir la oferta, sino canalizarla hacia el mundo. ¿Resultado? Empresas altamente productivas, preparadas para competir a precios que Occidente no puede replicar, y al mismo tiempo muchas de ellas lo suficientemente flexibles para adaptar productos, hacer marca blanca, desarrollar proyectos a medida e innovar en procesos. Estados Unidos ha reaccionado subiendo los aranceles a los productos chinos, y esta oferta se ha canalizado rápidamente a otras zonas del mundo, incluida Europa.
En este contexto, según el director general de una empresa española allá, “bueno, bonito y barato” tiene un significado diferente: barato, rápido y flexible. El éxito en la rapidez de expansión global de muchas empresas chinas se basa en una integración vertical mucho más profunda que la occidental, impulsada y financiada por gobiernos provinciales y, cuando es necesario, por el gobierno central. Los Planes Quinquenales (participativos, revisados anualmente y con objetivos claros) marcan prioridades que después se despliegan mediante subvenciones, apoyo institucional y una desburocratización selectiva que envidiaría cualquier empresario europeo. Cada año, las autoridades locales visitan las empresas para preguntar qué necesitan. En paralelo, los parques industriales de alta tecnología atraen inversión con incentivos negociables e infraestructuras de primer nivel. Un entorno que acelera, acompaña y financia la innovación, para competir en calidad y tecnología.
Las empresas chinas salen al mundo para buscar margen, valor, conocimiento y mercados. Mientras tanto, algunas empresas europeas aún viajan a China para aprovisionarse más barato. Esta divergencia es reveladora. La velocidad con la que adaptan productos es abrumadora. Mientras las multinacionales europeas basadas en China necesitan meses para ajustar un lanzamiento, las empresas chinas pueden modificar, testear y relanzar en semanas. En un mercado tan competitivo y cambiante, esta diferencia temporal es una condena. Las empresas europeas se perciben en China como “tortugas sordas” que no escuchan al mercado.
Todo ello explica por qué las empresas chinas están invirtiendo o comprando compañías europeas a un ritmo creciente. En principio, esto puede percibirse como una oportunidad por la aportación o mantenimiento de empleos en Europa. ¿Pero es realmente una oportunidad? ¿O es más bien una amenaza? ¿Estamos metiendo “al zorro en el gallinero”? Este hecho es especialmente relevante para nuestro país, que está realizando una intensa actividad de atracción de inversión china, especialmente en el sector de la movilidad eléctrica. ¿Está siendo España “el caballo de Troya” para el desembarco de las empresas chinas en Europa? La respuesta a estas preguntas dependerá de cómo España y Europa decidan posicionarse. En el pasado nuestras empresas invirtieron en China para mejorar sus costes, y el gigante asiático se benefició con la creación de puestos de trabajo industriales, el desarrollo de una industria proveedora y con la adquisición de tecnología, no siempre jugando limpio, especialmente en materia de propiedad intelectual. En el caso de la inversión china en Europa, además de competir por el talento industrial con las empresas autóctonas, ¿qué planteamientos hay para integrar estas inversiones industriales con los proveedores locales? ¿Cómo nos aseguraremos de que estas nuevas inversiones nos transfieran tecnologías diferenciales en las que se han destacado los chinos? El Comisario de Comercio de la Comisión Europea ya ha iniciado este debate, pero no hay señales que indiquen que el ritmo no vaya a ser el de la tortuga europea.
¿Qué deben hacer entonces las empresas españolas ante China? No hay recetas generalizables, pero como siempre, existen oportunidades. Plantearse ir a China a proveerse o producir de manera competitiva es factible todavía, si bien las autoridades son reticentes a aceptar inversiones de baja tecnología, al menos en las áreas costeras. Más complicado va a ser exportar producto desde Europa, a no ser que sea el caso de productos de consumo de alto valor o artículos de lujo. No obstante, es importante estar en el mercado. Aprovechar su enorme potencial de consumo es complicado, pero estar presente de alguna manera, permite estar en el centro de la que seguramente es hoy en día la economía más dinámica del mundo.
Las empresas españolas que operan en China lo han aprendido a la fuerza: quien quiera competir allí debe aplicar la estrategia que alguna empresa presente allá nombra como In China for China. Esto implica una clara apuesta por la innovación, adaptando el producto al mercado chino, no repitiendo modelos europeos. Esto permite jugar a la defensiva en un entorno de competencia feroz, además de aprender de la tecnología, los procesos y los modelos de negocio locales, para reforzar la competitividad de la empresa en el resto del mundo. Es una estrategia difícil y arriesgada, pero quizás es la única posible.
China combina visión, ejecución y valentía. Europa, en cambio, a menudo combina cautela, lentitud y una dependencia reguladora excesiva. Mientras no se resuelva este desequilibrio, la previsión es clara: una reducción masiva de precios en todos los sectores industriales presionará a Europa como nunca.
La cuestión no es si China es un riesgo, una amenaza o una oportunidad. La cuestión es si Europa está dispuesta a jugar al mismo nivel de ambición. Es por ello que urge poner en marcha la clara hoja de ruta que marcan los Informes Letta y Draghi: un Mercado Único real, con una ambiciosa apuesta por la innovación y la desburocratización. El momento generado por el repliegue norteamericano de la escena global, y la reacción europea con la negociación y firma de tratados de libre comercio en varias zonas del mundo, puede ser quizás nuestra última oportunidad, pero debemos ser capaces de hacer una apuesta decidida por ella.
China ya no es solamente la fábrica del mundo. Es el mundo que vendrá después. La pregunta es: ¿estaremos allí o lo miraremos desde la grada?